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LA 56 MUESTRA (2): NYMPHOMANIAC VOL. 1

El siguiente texto es sobre Nymphomaniac: Vol. 1, pues es la única exhibiéndose en salas de México.  La película no fue hecha para cortarse en dos, por lo tanto es un poco imparcial hablar únicamente del volúmen 1, pero me vale madres.

¿Qué le pasó a Lars Von Trier?

Tres años atrás Von Trier entregó Melancholia en el Festival de Cannes, una película ni grande ni mala, que entraba en la carrera de su director como un rellenito, y pasó por allí sin pena ni gloria, porque así debía ser. Claro, que un “directorazo” de la talla de Lars, tenía que irse con algo más que un lugar en la Competencia Oficial, por lo que en una conferencia de prensa soltó algún controversial comentario aparentemente pro-nazi que hizo a los mariquitas europeos zurrarse en el calzón y darle la atención mediática que el danés tanto buscaba, y con creces, pues hasta me lo vetaron del SÚPER PRESTIGIOSO E IMPORTANTÍSIMO Festival de Cannes, calificándolo de Persona Non Grata. Encabezado.

Poco tiempo después anunció que iba a hacer una película sobre nada más y nada menos que el sexo y la expectativa fue en aumento cuando se anunció que Charlotte Gainsbourg (la que se rebana el clítoris en Anticristo) iba a ser otra vez protagonista en una “fuerte” historia del “provocateur” danés que alguna vez hizo películas tan grandes y realmente provocativas como Breaking the Waves (96), Idioterne (98) y Dogville (03). Pero como dicen por ahí, mucho ruido y pocas nueces, pues el genial cineasta que hizo esas y otras notables cintas más, lejos se había quedado, dejando en su lugar una suerte de títere mediático cuyo “arte” – contrario a lo que probablemente él piensa – va gradualmente inclinándose hacia lo que los reflectores esperan que haga.

No bastaba con ser vetado del Festival de Cannes. Von Trier presentó su nueva película (con la que según él había creado un género fílmico sin precedentes) de 5 horotas, en el Festival Internacional de Cine de Berlin que se llevó a cabo en febrero del 2014. Allí, asistió con una playera en la que se leía FESTIVAL DE CANNES PERSONA NON GRATA. Uno de sus actorsillos estrella, Shia Lebouf, hizo mamada y media en una conferencia de prensa y se presentó al Festival con una bolsa en la cabeza. Encabezados. Muchos. Tras todos esos escándalos dignos de TMZ la dichosa película llega a México vía una movida estratégica deplorable por parte de sus distribuidores (o de la Muestra?), estrenar únicamente la primera parte, para seguramente estrenar la segunda durante la Muestra de invierno y así asegurar que la Cineteca se abarrote otra vez cual premier de Harry Potter. En fin.

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“Nymphomaniac: Vol. 1”

(Ninfomanía: Vol. 1)

(dir. Lars von Trier, Dinamarca, 2013)

Nymphomaniac comienza con el habitual actor predilecto de Von Trier, Stellan Skarsgard, comprando víveres para  después encontrarse a una mujer (Charlotte Gainsbourg) tirada en el pavimento evidentemente muy herida. Al ritmo de una fea y poco apta canción de Rammstein observamos la introducción a todo ésto.

Momentos después la mujer ya está instalada en la cama del buen hombre y comienza a relatarnos -sin faltar los típicos clichés pre-relato “es muy larga”, “¿te aburro?”- su vida como Nymphomaniac. Skarsgard interpreta al típico pelele siempre dispuesto a escuchar porque su vida es demasiado monótona, que además cuenta con una serie de banales hobbies cuyo único evidente y forzado propósito es el de servir como referencia a Von Trier para combatir lo unidimensional que es su historia, siempre incluyendo paralelamente a ella una pretenciosísima reflexión “filosófica” que relaciona al sexo ya sea con el profundamente metafórico acto de pescar, o con teorías numéricas tan básicas y conocidas como el número de Fibonacci; interrumpiendo así el flujo de la narración vía estas “disgresiones”, a veces materializadas como números o inscripciones en la imagen, con las que von Trier pretende hacer un meta-comentario al relato de Joe,  y que en principio parecen interesantes pero conforme avanza la cinta cansan y evidencian una artificialidad y didactismo excesivos. Éstos hobbys o conocimientos infinitos del hombre interpretado por Skarsgard, cuyo nombre es Seligman, nos son revelados siempre vía una insoportable, forzadísima seriedad e importancia de las que carecen, pero que el director busca incansablemente a lo largo de toda la cinta, haciendo algunos diálogos que podrían ser interesantes, bastante poco convincentes.

La interacción entre Joe, la Nymphomaniac, y Seligman, es esporádica, repetitiva, casi siempre utilizada como un calmante de las acciones previas y después catalizador de la anécdota que vendrá (sin excepción por comentarios de Seligman que casualmente Joe relaciona disque-metafóricamente con coger). Seligman a ratos comprensivo, asustado, sermoneador, el inequívoco proveedor de los peores momentos de la cinta, pues casi cada uno de sus comentarios -o “disgresiones”- es ilustrado al momento por alguna secuencia innecesaria, a veces con intervenciones de texto o fotografías o videos aportando un tono “chistosito”, ilustrativo y desesperadamente empático, hecho que se hace muy evidente en los 30 minutos que duran sus inmamables metáforas pesqueras.

La larga historia de la vida sexual de Joe, que comienza obviamente en su niñez, es variada. La vemos pasar por el curioso descubrimiento de su vagina, la patética y torpísima pérdida de su virginidad, el absurdo culto adolescente pro-vaginas anti-amor, el predecible e inexplicable enamoramiento posterior que se deja inconcluso para después retomarse -como en una novela, dice Joe-, y varios otros momentos, incluida por ahí una pésima secuencia en la que una desquiciada y terriblemente sobreactuada Uma Thurman tiene un ataque de furia y celos contra la joven Joe por haberle robado al esposo, quien está presente en la escena, junto con sus hijitos. Una secuencia de separación poco creíble cuya manipulación es insoportablemente clara gracias al irreal silencio que guardan absolutamente todos los presentes menos la loca, impidiendo cualquier reacción natural y anteponiendo el falsísimo monólogo de Thurman.

Instantes después, ocurre el ya esperado momento en el que Joe confiesa a su escucha sentir una soledad gigante, para luego pasar a hablar de Allan Poe e introducir una secuencia en caprichoso e injustificado blanco y negro, en la cuál vemos morir a quizás el único ser que Joe amaba. Joe llora por la vagina. Después de todo el dramón, se regresa al sexo y ya estamos cerca del final de la película, en donde Joe relaciona teoría musical profesada por Seligman de un casette de Bach con sus amantes favoritos, para lo que Lars emplea una aburrida pantalla dividida. Seguido, En uno de los momentos más rescatables de la película, Seligman duda de la veracidad del relato al escuchar del poco creíble regreso de un personaje clave. Jamás se desarrolla tal cuestionamiento. La pelicula concluye mostrando a Joe diciéndole a su amante favorito “No siento nada”. Y yo tampoco siento nada. Yo dudo de la veracidad de Lars von Trier como autor. Me entristece profundamente que películas como ésta sean las que abarroten la decadente Cineteca Nacional cuando su lugar está en las plazas comerciales, que un autor que alguna vez entregó arriesgados experimentos ahora se dedique a hacer una autoparodia cada vez más deprimente, entregando poco más que el cine “diarte” más genérico que existe. Un cine con miedo a la calma, en movimiento perpetuo, de hiperfragmentación, de actores famosos haciendo cosas “fuertes”, repleto de música clásica y referencias auto-complacientes, siempre aleccionador en su intento de nihilismo. Una plaga. Un cine que responde y no pregunta, que ilustra en vez de crear, un cine cuya única cualidad, quizás irónicamente, es que entretiene.

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LA 56 MUESTRA (1): FÓRMULAS

Ahora la excesivamente burocrática administración nueva de la Cineteca Nacional, en un supuesto intento de cubrir la oferta cinematográfica de todo el año (excusa francamente risible, puesto a que únicamente hay una película del 2014, dos del 2012 y una del 2011 (!)), vuelve a hacer dos Muestras por año, una en primavera y una en invierno. Voy a dejar los reproches, las frustraciones, quejas e insultos para el resumen, porque son muchos. Así que ahorita nadamás voy a intentar a hablar de las películas.

Comenzó una vez más la muestra, con una inteligente y muy predecible decisión, abrirla con la nueva película de Wes Anderson, porque ese cabrón jala modernillos cual Corona Capital.

 

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“The Grand Budapest Hotel”

(El Gran Hotel Budapest)

(dir. Wes Anderson, Estados Unidos, 2014)

No muchos directores tienen un estilo tan marcado y propio como el que puede presumir Wes Anderson. Un estilo que pulió durante 7 cintas haciéndole mejoras y cambios mínimos en cada una de ellas. Lento pero seguro. Dejó atrás la característica música popular y a los Rolling Stones en Moonrise Kingdom (donde realmente la extrañé), por un soundtrack original de música clasicona compuesta por Alexandre Desplat. Llevó su humor único y vivaz a bosques y paisajes inexplorados. Puso por primera vez una historia de amor entre dos entrañables niñitos al frente de su narrativa. También en Moonrise Kingdom mostró señas de agotamiento, de que Wes Anderson estaba llegando al límite creativo que había impuesto con su propio estilo. Había llevado los colores pastel y las composiciones perfectamente simétricas a casi todos los rincones a donde las pudo haber llevado. O al menos eso creímos. La fórmula perfecta Andersoniana quizás había llegado a su ineludible final. En el Gran Hotel Budapest tampoco se escucha jamás a Mick Jagger o a Roger Daltrey, se usan un chingo de colores casi-kitsch en absolutamente todos los momentos de la película, y todas, toditas y cada una de las composiciones están minuciosamente revisadas en cualquier aspecto posible, muy notoriamente en el impecable siempre-vistoso vestuario. Sin embargo, es un Anderson revitalizado.

Por primera vez en más de 15 años de carrera se ve una película de Wes Anderson que quiere hablar de algo mucho más profundo que sus personajes. Anderson sobrevuela la vieja Europa y su ineludible decadencia y, sin restarles seriedad, las transforma en un imponente y bello edificio que toma como nombre The Grand Budapest Hotel y en el que es probablemente el mejor personaje que ha escrito desde el jovenazo Max Fischer (Rushmore), Monsieur Gustave, encarnado a la perfección por Ralph Fiennes; el elegantísimo, oloroso y súmamente afeminado conserje del hotel Grand Budapest, a cuyos pies cae rendida toda fémina representante del caduco universo, o Europa, a la que él pertenece.

La película cuenta la historia de un Lobby Boy que se convierte en el ayudante, cómplice y eventualmente hermano de Monsieur Gustave, cuya relación íntima con una de las decrépitas clientas lo lleva a una serie de cagadísimas situaciones y exploraciones humorísticas nuevas para el universo Andersoniano, como lo son el humor sexual y algunas situaciones violentas por ahí inmiscuidas. Un ensamble de actores maravilloso y siempre atinado (Brody, Dafoe brillantes), como no se había visto quizás desde sus Royal Tenenbaums le da vida al hotel y a todas las mamadas que ocurren en su interior.

Wes Anderson hizo aqui, sin duda, una de las mejores películas que ha filmado en toda su carrera, que no es más que una gran anécdota a voces, como la Historia misma, contada en 4 o millones de tiempos narrativos. Anderson ha logrado algo inesperado a través de un cine cuyas limitaciones creíamos haber presenciado. Un aplauso porque el director con una de las fórmulas más conocidas en el cine norteamericano reciente, le ha añadido nuevos ingredientes, resultando en explosivos y satisfactorios resultados.

 

¿cuántas estrellitas?: ★★ 🙂

*C. C. Recomienda

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“Polisse”

(Polissía)

(dir. Maïwenn, Francia, 2011)

Los actores vueltos directores, ay que casos. Claro, hay excepciones (Mati Diop, Xavier Dolan), pero en su mayoría, aquí (gaelito y dieguito) y en donde pinches sea, hacen películas terribles cuya unica función es gastar un chingo de dinero para luego recuperarlo (ésto último no siempre lo logran) y quitarle el espacio en un festival grande a una película que quizás lo necesitaba más, o simplemente era mucho mejor.

Tal es el caso de Maïwenn Le Blanco, una dientona y esvelta actriz que según mis investigaciones en la wikipedia, tuvo un hijo -a los 16- con un pedestre director que ha aportado bastante a la decadencia del cine francés, Luc Besson, con quien se casó y blablablá. El caso es que después de ser actriz en varias y diversas películas francesas menores por no usar adjetivos más fuertes, decidió entrarle a la dirigida.

En 2011 estrenó su “Polisse” (imagino que el título es una especie de Biutiful-Pursuit of Happyness), en el Festival de Cannes, donde inexplicablemente ganó el Premio del Jurado. Acá a México llega con 3 añitos de retraso, cortesía de la Cineteca y sus grandísimas e hiper-actualizadas Muestras Internacionales.

Polisse es una versión extendida de un episodio de CSI, en francés y con música moderna (incluido el éxito hipster Baby I’m Yours de Breakbot en una secuencia bastante innecesaria, como se podría decir del 50% del contenido total de escenas en este bodrio), es una mezcla al ahí-se-va de algun pedestre drama policial y algún otro dramita juvenil a-la-Laurent-Cantet con una pizca de tu típica película “di arte”, con el finalito “ambiguo” e “inesperado” incluido. Llena de obviedades que incluyen al policía negro conmoviéndose por una madre soltera africana y a la policía árabe gritándole cual desquiciada a un hombre del medio-oriente por no respetar a las mujeres, es una película repleta de gritos, de gente sobreactuando, dura 127 minutos que están plagados de cualquier momento o situación dramática que a la directora se le pudo haber ocurrido, hasta el romance por allí metido que nunca falla. Un relato hiperactivo. Una pelicula que sigue el modelo más pobre del cine internacional. No arriesga nada, no pierde nada, pero sabe que contándote una historia intensa y emotiva con una cámara siempre en mano te tiene bien metido en el bolsillo.

 

 

¿cuántas estrellitas?: ★ 😦

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